Juan Manuel Rodríguez: un realismo trascendente

Anclarse en el ejercicio del arte figurativo ha perdido hoy el viejo desprestigio que le dieron las vanguardias históricas. Hace tiempo que el lenguaje figurativo de la pintura no se plantea en la vana competencia con la fotografía, primero porque ésta superó el mimetismo reproductor estricto para entrar en el dominio del arte y los pintores realistas, por su parte, nunca dejaron de practicar el arte, es decir, de situarse por encima y más allá de toda representación.

Juan Manuel Rodríguez tiene su manera singular de enfrentarse a la exigencia “subjetiva” del Realismo. La factura realista de sus cuadros no deja lugar a dudas sobre su problemática estética fuertemente enraizada en planteamientos filosóficos que él mismo sitúa en “la identidad humana, el estado de las almas y la fugacidad vital”.

Sigue teniendo vigencia la antigua quiebra establecida por Aristóteles entre apariencia externa y realidad espiritual interior. «El objetivo del arte no es presentar la apariencia externa de las cosas, sino su significado interno; pues esto, y no la apariencia y el detalle externos, constituye la auténtica realidad». Pero la modernidad estética ha replanteado la cuestión y le ha dado todo su relieve a la dimensión física. En la extensa panorámica de los realismos –de la que el viejo realismo-naturalismo del siglo XIX no es más que una variante histórica singular- sigue perdurando la visión de Nietzsche sobre la verdad fundamental de la apariencia, el valor de la superficie, de la piel de las cosas. El realismo de Juan Manuel Rodríguez marca con toda intensidad esta vieja oscilación identitaria del hombre actual. La ausencia total de “decorado” en sus cuadros, ausencia de todo fondo realista, repercute en la consistencia espiritual de las figuras – rostro y cuerpo- y potencia, en la imagen, la dinámica del principio de subjetividad. Así es cómo sus retratos sobrecogen con la evidencia de que la exactitud del detalle físico remite al oscuro drama que se libra en su interior. La precisión de la imagen, en su serena armonía clásica o en su intensa expresividad, termina por disolver la coherencia del sujeto para abismar al espectador en un sentimiento de profunda inquietud. Sentimos ante esa pintura depurada un asombro angustiado. La “impresión” de realidad pierde pie y se disuelve en las puras cualidades pictóricas –vibración de una luz, aparente armonía compositiva…- y, más allá, en la sugerencia de un probable caos existencial del sujeto. El pintor ha colocado las certezas del realismo bajo el signo de la incertidumbre. Es una pintura en donde vuelve a estar latente el más viejo problema que ha tenido siempre que resolver la estética realista: cómo desde lo singular alzarse a lo universal.

El realismo de Juan Manuel Rodríguez es un “ideo-realismo” en el que la profusión de detalles corporales concretos –efecto de realidad- en la ejecución del cuadro, sirve de base a la transformación de la imagen en las formas simbólicas de una sensibilidad. Las formas realistas son las figuras de apariencias convincentes en la evidencia de su apacible serenidad, ocultadoras, sin embargo de una hondura interior marcada por el enigma. Las formas corporales son para el pintor un punto de partida. Éste es sin duda el objetivo último de la búsqueda que representa la pintura de Juan Manuel Rodríguez: Descubrir la “trascendencia de lo trivial”, alumbrar, tras las figuras de la realidad más cotidiana, en cuerpos y rostros, toda la hondura del misterio que subyace en ellos.

Ya conocemos, desde que Freud lo introdujo en la estética, el poder sugestivo del sentimiento de “inquietante extrañeza” de lo familiar. En su carácter fuertemente realista, las imágenes creadas por Juan Manuel Rodríguez poseen un aspecto insólito (El gran sueño, Absence, Lo innombrable…) fuente de lo extraño y generador de la angustia que funda el sentimiento ominoso. Si las formas y el color responden a la verosimilitud del objeto, la composición de la imagen –invención y situación- responde a una necesidad interior en un evidente desafío al principio de objetividad. De aquí nace, pienso yo, la intensa resonancia espiritual de esta pintura Los rostros, ya fuertemente singularizados (Madre del artista), ya intencionalmente despersonalizados, abren sobre un insondable universo interior. Sin negar esta trascendencia, el cuerpo se expone en toda la fuerza de su “corporalidad”, despojado de cualquier forma reveladora de una identidad que lo singularice. Son frecuentes las imágenes de cuerpos con el rostro oculto (Sin título), rostros en primeros planos con los ojos ocultos por las manos, retratos de un cuerpo femenino con el rostro cubierto por un lienzo (Mujer sin nombre). El cuerpo femenino se exhibe en su más explícita e intensa presencia y en su más completa y equilibrada belleza. En “Marina”, nada en el rostro, por otra parte bien singularizado, enteramente neutro, expresa el menor sentimiento que desvíe la mirada del espectador hacia algo que no sea la pura y seductora apariencia física. El realismo de la ejecución se alza a la idealidad más abstracta y absoluta. El color neutro homogéneo, “insignificante”, acentúa el relieve corporal del retrato a la vez que éste se abre a la pura abstracción universalizadora de la imagen.

Dimensión esencial, pues, de la pintura de Juan Manuel Rodríguez es su valor de “conocimiento”. La intencionalidad estética del pintor es la de alcanzar y revelar, a través de la belleza de las formas corporales, la hondura inefable en la que se debate el hombre en “crisis”. Doble dimensión de la subjetividad de su arte: la del objeto –el hombre representado convertido en “sujeto”-, y la del sujeto –el artista- convertido su arte en lenguaje revelador de su actitud fundamental ante la vida y ante el mundo actual. Una vía del realismo actual marcada por una obra que encierra toda la fuerza del porvenir.

Jacinto Soriano